Más allá de lo evidente, donde los nocuentos y
las deshistorias tejen su refugio, nace mi Universo Azul.

Un latido propio donde la imaginación navega en caracolas aladas
y la fantasía se desliza, suave, entre la realidad y los sueños.

Un lugar para quedarse a vivir, un secreto entre las nubes.
Un pequeño refugio para quienes aún saben soñar.

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9 de septiembre de 2026

Zango y Lotino

(o el arte de no creer del todo)

Zango era larguirucho, como una espiga sin trigo, y Lotino caminaba como un calcetín sin su par. Iban siempre juntos, como la risa y el tropiezo. Decían que venían del pueblo de Las Manías Lentas, donde todo se hacía tarde y mal, pero con una gracia que nadie podía imitar.

—¡Camina recto, Zango! —decía Lotino—. Pareces un junco que quiere ser flamenco.

—Y tú, Lotino, de tanto hacer reverencias, un día te vas a quedar doblao.

Eran inseparables. A veces fingían ser señores importantes con sombrero imaginario, o filósofos de charco, dando discursos a los gorriones. Pero no podían engañar a nadie: eran dos zangolotinos de libro.

Les gustaba subirse a los bancos de la plaza y recitar poemas sin rima, perseguir sombras creyendo que eran secretos y preguntarle a la luna si se podía aprender a ser adulto sin dejar de ser niño.

Una tarde, de esas locas suyas, cuando el sol empieza a ponerse y la luna remenea su falda de tules, el viento los vio tropezar con un suspiro. Les mandó un buen soplido que los envolvió de risa, los revolcó por el suelo como si fueran un par de estepircusores y les susurró:

—No hay prisa por crecer si sabéis bailar con el desatino.

Y desde entonces, a quien veas haciendo tonterías con elegancia, riendo sin medida o jugando con palabras inventadas, di con ternura:

—Buah… a otro que le ha dado un aire.

 Personajes y perro delante del sol / 1949 / Joan Miró (tapiz)

Zangolotino es una palabra que no avisa, y la mar de molona. Aparece cuando alguien anda un poco torcido, ríe donde no toca o se empeña en crecer sin dejar de tropezar. Tiene algo juguetón y un punto de desequilibrio, como si al decirla también se te fuera el pie. 

No es exactamente un insulto, ni una etiqueta, ni una edad. Es más bien una manera de estar en el mundo: con cierta torpeza, bastante imaginación y ese empeño raro de querer parecer serio mientras se hace el tonto sin querer.

¿Y qué hace un zangolotino o una zangolotina?
Pues zangolotear: caminar como quien baila sin saberlo, equivocarse con gracia y reírse antes de pedir disculpas. Siempre al borde del tropiezo, pero sin perder el estilo.

Porque, al final, casi todos —aunque no lo confesemos— hemos sido zangolotinos alguna vez. Y a algunos, de vez en cuando… todavía nos da el aire.


19 de agosto de 2026

El silencio que me habita

 Aquella noche, el bosque no hizo ruido.

Ni una rama, ni un insecto, ni el más leve crujido.
Caminé pensando que estaba sola
hasta que algo, desde dentro de mí,
susurró:

—Por fin has llegado.

No supe si detenerme o seguir.
El aire aguardaba. El camino también.

Entonces comprendí que no era el bosque quien había callado.
Era yo quien, por primera vez, había dejado de hacer ruido por dentro.

Y en ese silencio —nuevo, intacto—
algo empezó a nombrarme sin palabras.

Mujer caminando por un sendero forestal
1883 / Vasily Polenov


5 de agosto de 2026

Donde el mar no suena igual

Hay sonidos que no vienen de fuera.

La caracol / César Ayllón

Aquella noche oí al mar dentro de una caracola.
No traía olas, ni espuma, ni sal.
Traía mi nombre,
pronunciado como si siempre hubiera vivido allí.

Me quedé en silencio, sosteniéndola entre los dedos, como si cualquier movimiento pudiera romper ese hilo invisible que acababa de tenderse entre su mundo y yo. No supe en qué momento dejó de ser un objeto para convertirse en una presencia. Solo supe que estaba escuchando algo que no debía tener voz.

La acerqué un poco más.
Entonces el aire cambió de textura, como si se hubiera vuelto más antiguo, extrañamente ancestral.

Al otro lado, algo guardó silencio,
como si supiera que lo estaba escuchando.
Y fue ahí cuando dudé por primera vez: no de lo que oía, sino de lo que había dentro de mí que reconocía aquel sonido.

Desde entonces, cuando la abro, el mar ya no responde igual.
A veces tarda demasiado.
A veces parece buscarme antes de contestar.

Y hay noches en las que no sé si es la caracola la que suena…
o si soy yo la que ha empezado a escuchar desde dentro. 

… porque ya no suena igual.

Desde entonces, el silencio ya no está vacío…
solo espera.

14 de junio de 2026

Cosa de estar, no de llegar

Anoche sembré un sueño en el jardín.
Esta mañana había crecido una escalera.
No sé adónde lleva,
pero huele a cielo…
y a gloria.

Al principio dudé. No por miedo, sino por ese temblor leve que tienen las cosas que importan. La primera madera crujió bajo mis pies como si despertara conmigo, y el aire empezó a volverse más claro a cada peldaño.
No había prisa. Cada paso era una pregunta sin respuesta, y, sin embargo, todo parecía saber a dónde iba. A mitad de camino, miré hacia abajo: el jardín ya no era jardín, sino un recuerdo verde que respiraba despacio.

Seguí subiendo. Y entonces lo entendí: 
La escalera no llevaba a ningún lugar.
La escalera era el lugar.
Porque en cada peldaño dejaba algo que pesaba, y en cada altura nacía algo que aún no sabía nombrar.

Cuando llegué arriba —si es que había un arriba—, no encontré puertas ni cielos abiertos, solo una luz tibia que me reconocía.
Y supe, sin necesidad de palabras, que hay sueños que no se cumplen:
se habitan.

La luna, la liebre y el mirlo / Amanda Clark

6 de enero de 2026

El secreto bajo la almohada

Cuando se me cayó el último diente, en la mágica noche de Reyes, esperaba al ratoncito Pérez, ese del que siempre me habían hablado, aunque no había visto más que aquellos que se colaban por debajo de la nevera o armaban jaleo entre la vajilla que se quedaba a escurrir por la noche.
Mientras la casa olía a ilusión y a pasos lejanos que aún no habían llegado, coloqué el diente debajo de la almohada, como me dijo mi abuelo. Pero aquella noche no vino ningún pequeño visitante con bolsa de secretos. Todo estaba en silencio, y la luna vigilaba desde el cielo con sus ojos de gasa plateada, como si alguien más, venido de muy lejos, también estuviera guardando algo invisible, guardiana de un misterio más grande que el de todos los dientes perdidos juntos, oscuro y luminoso como la noche que precede a los regalos.

Dormí como un lirón. Al despertar, todavía no había amanecido —pero los nervios por la llegada de los Reyes palpitaban en mí—, envuelta en un amasijo de sábanas y mantas, encontré algo inesperado bajo la almohada: una pluma ligera, tan blanca como el suspiro de una nube, envuelta en un hilo dorado que brillaba con un destello suave, casi mágico. No era una pluma cualquiera; parecía un fragmento caído de algún sueño olvidado, quizás tejido por los hilos invisibles de la luna o de algún duende que tenía como mascotas gusanos de seda mágicos.
No dije nada a nadie, ni siquiera a mi abuelo, que sabía más que nadie del secreto. 

IA binn.com ©mag

Por la mañana abrí los regalos de los Reyes, como siempre, entre papeles de colores y sonrisas, con las manos aún torpes de sueño, pero con el corazón distraído en otra cosa, porque mi pensamiento seguía en la ligereza de aquella pluma.
Desde ese día, cada noche he soñado que vuelo entre cielos estrellados, enredada en caminos de luz que solo las plumas conocen. Y cuando amanece, esa magia callada se queda conmigo, pues siempre encuentro pequeñas plumas desperdigadas por las sábanas, como un rastro de aquellos vuelos invisibles.

Así aprendí que a veces la magia no llega envuelta en grandes sorpresas, sino en pequeños detalles que invitan a soñar despiertos, bajo la mirada atenta y protectora de la luna azul y de quien, sin decir nada, te quiere como a su propia vida.
Y aún hoy, cuando la noche se hace más profunda y el silencio abraza la casa, escucho la voz de mi abuelo resonando en la memoria, un susurro cálido que dice:

“Recuerda, pequeña, que la verdadera magia nunca se pierde, solo cambia de forma y se queda contigo, en el latido escondido del corazón.”

Imagen: «Pide un deseo» / Sashy

Y así, esa niña que fui sigue viva dentro de mí. Vuela, aunque no sea entre plumas, aunque no sea entre sueños que se cumplen, pero sí entre latidos de esperanza, con la magia callada como un verbo que se conjuga en cada momento… siempre… bajo el halo suave y el brillo perenne de la luna.

Siempre se ha dicho que la noche de Reyes es mágica, 
y que su magia no llega envuelta en papel, sino en aquello que aprendemos a guardar en silencio: regalos invisibles que se quedan para siempre, que permanecen, 
ligeros como plumas, que nos enseñan a volar, 
porque la infancia no se pierde; 
solo cambia de forma y aprende a volar distinto.

20 de abril de 2025

La vereda del espejo

Caminaba sola, como tantas veces, por la vereda vieja del carrascal. El polvo hablaba en sus botas, y el viento —amigo de otros tiempos— le traía canciones que ya no recordaba. El cielo, gastado de azul y de pájaros, parecía mirarla sin prisa. Cuatro cabras, media docena de ovejas. La seguían como la habían seguido siempre: pausadamente, con el deleite de saberse seguras, en terrero y en estima.
Fue entonces cuando lo vio: en mitad del sendero, un espejo. No tenía marco, ni cristal, ni cuerpo que lo sostuviera. Solo reflejo. 
Se acercó con la calma de quien ha visto cosas imposibles en sueños, y se asomó. No era su rostro el que aparecía, sino el de una niña de ojos de almendra y capa de estrellas. Una niña que sonreía con la dulzura intacta de lo que no ha sido roto. 
Alzó la mano, y la niña hizo lo mismo. 
Pero aquel gesto no fue reflejo: fue saludo. Siguió andando. El espejo, como la infancia, se disolvió en el aire. Solo quedó un susurro entre las ramas de los olivos: «Aún puedes soñar».

Campesina con cabra / 1881 / Camille Pisarro  

10 de diciembre de 2023

El rincón musical

Al otro lado del río, donde el bosque es más húmedo y se tiñe de fantásticos tonos verdes, púrpuras y ocres, habitaba una pequeñita rana llamada Diana, que es prima de Juana con quien se ve de Pascuas a Ramos porque el río es muy ancho y lleva mucha corriente —eso le dice Juana, aunque la verdad es que le da miedo mojarse los cuatro pelos que tiene.

Todas las noches, a la luz de la luna, Diana, la rana, tocaba su banyo mágico, llenando el aire con notas brillantes y melodías que parecían sacadas de sueños. Los animales de ese lado del bosque re reunían a su alrededor, hipnotizados por la música que emanaba de su pequeña garganta. Otros, como su canto era tan potente al tiempo que dulce, podían escucharla desde más allá y el sonido que les llegaba era como un susurro de hojas que los encandilaba.

No seas tímido /  @dctattoo_swe

Un día, el monstruo del bosque se acercó sigilosamente para escuchar a la misteriosa rana. Quedó fascinado por las notas encantadoras. No pudo evitar seguirla en su canción, y su dokeo resonó armoniosamente. Diana, sorprendida por la compañía del ser, dejó de tocar por un momento, pero rápidamente retomó su melodía, animándolo a seguir. Su voz era potente, grave, de tenor consumado. Juntos eran como una gota de rocío en la mañana, como un rayo de sol en el medio día de un domingo de invierno.

Pronto, otros animales del bosque, dejando atrás el temor que les producía, se unieron a la sinfonía nocturna: un búho tocaba su flauta con sabiduría, una mariposa danzaba en el aire como si fuera una flautista, y una luciérnaga resplandecía con su luz en perfecta armonía, un grillo afinaba como podía y cien hormigas tocaban palmas a medio compás.

Rana tocando el banyo / @vincent_van_robot

El bosque se llenó de magia y alegría, como si la música hubiera despertado algo extraordinario en cada ser. Y así, en la penumbra del bosque, la rana Diana siguió tocando su banyo, creando melodías de mil colores y canturreando sin parar, compartiendo la magia de su música con todos aquellos que tuvieran el corazón abierto para escucharla. Bruno siempre estaba ahí, dispuesto a acompañarla porque su corazón estaba lleno de bondad. Desde entonces, en las noches de luna llena, Diana, la rana, su banyo y su nuevo mejor amigo, Bruno, al que jamás volvieron a llamar monstruo, formaban un trío cuyos conciertos encantaban al bosque entero. 

Desde que Diana abriese su corazón al monstruo, el bosque ya no fue el mismo. Su gesto desveló a los habitantes la magia de aquel ser extraordinario. Bruno ya no volvió a sentirse solo y triste, pues el encanto de Diana y sus amigos lo colmó de alegría. Tampoco tuvo que volver a protegerse en las sombras de la noche, mientras los demás dormían, para disfrutar del bosque ni alejarse hasta recónditos lugares para poder percibir los rayos del sol y regocijarse en los vibrantes colores que se dibujaban bajo él. Los habitantes del bosque conocieron la bondad que reinaba en el corazón del monstruo y la calidez pura de su alma.

Cabe decir que hasta la prima Juana se atrevió a cruzar el río a lomos del oso Ambrosio que, de paso sea dicho, aprovechaba para ponerse fino de moras, pues había descubierto un campo de zarzamoras que daban aquellas frutas la mar de exquisitas.

3 de septiembre de 2023

La pastora de caracoles

En la Pradera del Ensueño, bajo la luna plateada y el sol creciente, vivía Silvana, la pastora. Sus vestidos eran de flores y los cabellos del color de las castañas, sus ojos brillaban como estrellas y su piel sonrosada estaba salpicada de graciosas pecas. Silvana era alegre y feliz en medio de la naturaleza y orgullosa de cuidar de su rebaño. No había pastora como ella ni caracoles como los suyos. Le gustaba canturrear y hacía flautas con palos que luego iba regalando a quien encontraba por el camino. Aún sin saber tocar, quien soplara por ellas, lograba hilvanar alguna melodía. A veces, más suave; a veces, más aguda.

La pastora de caracoles / Omar Rayyan

Por la mañana, cuando sus compañeros mágicos despertaban con el frescor, los sacaba de paseo por el campo para que apacentaran sobre la hierba fresca. Los caracoles de Silvana eran especiales; sus caparazones brillaban en tonos arcoíris, y al cantarles una nana, bailaban alrededor de ella como luciérnagas danzarinas. Tenían el mágico poder de curar el alma y las heridas del corazón, pero también guardaban un secreto que Silvana desconocía, aunque alguna vez había soñado con él.

Un día, un caracolito llamado Centella se perdió. Era el más inquieto y aventurero, aunque siempre estaba muy cerca de la pastorcilla. Silvana buscó y buscó, pero no lo encontró. Ni siguiera  Orlando, su perrillo, pudo dar con él. Estaba muy preocupada, pues no era normal que se le perdiera ninguno. Alguna vez se le despistaba algún pequeño que tenía curiosidad por conocer el campo o se volvía medio loco en los días de intensa lluvia, pero era muy raro. Y que se hubiera extraviado Centella era todavía más extraño.

Buscó por todos lados, mas el cansancio la dejó atrapada en un remolino de sueños. Cuando despertó, todos sus caracoles la rodeaban..., menos Centella. Estaba algo aturdida y un poco nerviosa. Les habló sobre su sueño. En él ha había visto un gran árbol de flores amarillas y bajas ramas. Pensó que era una señal y que ahí hallaría a Centella. Pero no daba en su memoria con un árbol de esas características. ¿Dónde podría estar? Y de pronto, todos sus caracoles, desde el más pequeño al más grande, desplegaron sus alas. La pastorcilla, valiente como nadie, incluso en las oscuras noches sin luna, se sobresaltó y, entonces, entendió aquellos sueños recurrentes y mágicos. Orlando empezó a ladrar y a correr como si no hubiera mañana en la misma dirección en la que volaban los caracoles.

Caracol volador / Original de 123rf y tratado con IA después

Al cabo de un rato, sus mágicos animalitos, formaron un círculo. Silvana pensó lo peor. Solo veía círculos en el aire, en las nubes o con los cuervos. Se acercó corriendo, sin saber a dónde iba, pero tenía que seguir a su ganado. Ante sus ojos, el gran árbol de flores amarillas y ahí, refugiado en un recoveco del tronco, estaba el pequeño Centella. Con amoroso gesto, lo rescató y lo arrulló en su regazo. El caracol, abriendo sus alas le acarició la nariz, agradecido y aliviado. Seguramente, nunca había pasado tanto miedo. Desde entonces, Centella no se separó de ella. Incluso a veces tenía que ser invitado a apartarse un poco, a pastar más allá y jugar más rato con sus hermanos. 

Los seres mágicos y las gentes de bien acudían para escuchar la melodiosa voz de la pastora y adoptar caracoles de la pradera. Silvana siempre les advertía: «Cuiden de ellos, son guardianes de sueños». 

Aquella tarde, un hada triste llegó buscando un caracol para aliviar su pena. La pastora le regaló a Centella, el más gracioso y al que más quería. Siempre le entristecía separarse de ellos, pero lo hacía con todo el amor del mundo, y ellos lo sabían. El hada sonrió. En agradecimiento, le otorgó algo maravilloso: cuando llegara el momento de partir al lugar donde duermen las estrellas, Silvana se convertiría en un bello colibrí, eternamente joven.

Silvana continuó pastoreando caracoles y su pradera siguió siendo un rincón mágico y bucólico al que la gente de todos los lugares acudía en busca de sus maravillosos caracoles, eternos guardianes de sueños, que llenaban de alegría y paz el corazón de quienes los cuidaban. 

Un día el sol no salió a su hora, parecía que la noche había alargado su manto y la luna se había ausentado. Los mágicos caracoles salieron a pastar solos, sin apartarse de su camino, ese que recorrían todos los días hasta el campo abierto. Un rumor del viento traía consigo una cancioncilla y un dulce toque de flauta, pero Silvana no estaba. Los caracoles abrieron sus alas y se echaron a volar con inmensa alegría hacia un hermoso campo de flores silvestres. Ahí empezaron a danzar alrededor de un pequeño colibrí que iba de flor en flor.

Y así, Silvana, la pastora de caracoles, el pájaro inmortal de alas azules, se convirtió en leyenda, en un susurro del bosque, donde la magia y la felicidad se fundieron en cada nota de su singular canto. Y todos sabían que aquel pájaro que revoloteaba alrededor de los caracoles, y al que seguían sin dudar, no era otra que Silvana, un aleteo de infinito amor.

Catrin Welz-Stein

20 de julio de 2023

El despertar de Luxmane

Amelia, ajena a su realidad, se adentró en el bosque. Entre sonidos inescrutables y colores inimaginables, presintió una presencia que solo pudo sentir por un eco de risas y susurros. Se agachó para ver si vislumbraba algo, pero solo veía moverse unas hojas. Alargó la mano para removerlas. sintiendo un hormigueo eléctrico en las puntas de los dedos. Fuera lo que fuera, sus ojos no podían verlo, pero podía percibir la energía que emanaba de aquel ser etéreo. Podía sentir su cálido abrazo invisible y escuchar sus palabras melodiosas en la mente. Había una palabra que se repetía continuamente, y se atrevió a pronunciarla.

—Luminis —susurró.
—¡Por fin!—exclamó la criatura. Era diminuto, no más grande que un garbanzo, vestido con una segunda piel de tonos verdes y unas bonitas alas que parecían de papel.

Amelia no se asustó. Estaba fascinada. Sonrío y tendió la mano para que el ser del bosque se subiera a ella. 

Lixi, un duendecillo descarado / Fayrystudiokallies

Lo que Amelia no sabía es que la misión del espíritu juguetón era llevar alegría y asombro a quienes se cruzaran en su camino. Enseguida nació una conexión especial, porque aquel bichito era su duende. No se cansaba de escucharlo, el otro de hablar; de volar a su lado por aquel mágico mundo que parecía, en algunos momentos, reconocer. 

Juntos exploraron los límites de la imaginación, creando mil mundos de fantasía y viviendo aventuras inolvidables que luego, en la otra realidad, Amelia compartiría para inspirar a otros a creer en lo aparentemente imperceptible y a abrazar la magia que había en cada uno, en los rincones más profundos del corazón, a un silbido del alma. 
Luminis le enseñó a apreciar los pequeños detalles mágicos de la vida, a encontrar belleza en lo invisible y a confiar en su intuición. Le recalcó la importancia de abrir los ojos del corazón para descubrir la magia que la rodeaba y la fuerza que nace de lo invisible. 

Amelia lo dibujó y se dibujó a sí misma, con sus alas del color de la escarcha y su vestido sin final. Se hizo llamar Luxmane, luz de la mañana. A través de las páginas de los libros y de la vida, difundieron la chispa de la esperanza y el poder transformador de la imaginación. Amelia entendió que, incluso en un mundo aparentemente desencantado, existen conexiones mágicas que trascienden los límites de la realidad visible. Su vida cambió de color y jamás dejó de compartir sus sueños. Jamás volvió a sentirse sola e incomprendida porque, ahora, reconocía su duende.

Hada del bosque /  Bohyeon Min

Algunos de vosotros no conoceréis mi Universo Azul, pero creo que un cuento de magia y amistad merece un lugar así. Este es mi aporte para la convocatoria juevera de esta semana, una dualidad que se bifurca en diferentes caminos que podéis recorrer aquí.

23 de abril de 2023

La magia de los libros

La abuela tenía cientos de libros en su vieja biblioteca. Libros de todos los colores, en diferentes idiomas y, la mayoría, muy antiguos. Tesa había crecido entre ellos. Cada verano que pasaba con la abuela, esta le recomendaba uno de aquellos libros y juntas, lo leían.
Pero la abuela jamás le habló de ese libro. No era un libro cualquiera, era un libro mágico, por lo que Tesa lo descubriría en el momento adecuado.
Aquel libro había sido creado, que no escrito, hacía mucho tiempo por un gran maestro de la magia y, desde entonces, había pertenecido a la familia.

Ilustración freepik

Aquel día, la abuela tenía visita y Tesa, que no debía estar entre los mayores, fue invitada a irse a la biblioteca, lo cual no era un castigo, sino una aventura maravillosa. 
Se quedaba en el centro de la sala cuyas paredes eran estanterías y estanterías repletas de libros, con una escalera de caracol que llevaba a varios pisos y, en cada una de ellos, unas escaleras correderas para poder alcanzar los libros. A veces se paraba a ver brillar los cristales de la lámpara de araña que colgaba del techo. Era otra aventura más, un lago de mil arcoíris. Decidirse por qué lado de la biblioteca ir, tampoco era para no tomarlo en serio. Solo sabía que no podía visitar una parte, aquella que estaba tras la puerta y cuya llave desconocía dónde estaba, pero recordó un cuento que su abuela le había contado y, ella, que era muy perspicaz, cayó en la cuenta de que aquella historia no era más que la clave para hallar la llave.
Y la encontró. Abrió la puerta y en esa especial habitación no había más que una silla, una mesa y sobre esta, un libro cerrado e iluminado, en aquel momento, por los rayos del sol de media tarde. 

«¿Qué clase de libro es para estar tan protegido?», se preguntó Tesa. «¿Será un libro mágico? ¿Un libro de monstruos? ¿Un libro con poderes?  ¡Bah, esto no puede ser!», pero al abrirlo pudo darse cuenta de su error. Al primer toque de las páginas, Tesa sintió una extraña energía recorrer todo su cuerpo. Cuando por fin pudo abrir los ojos, se dio cuenta de que estaban todas en blanco, aunque fueran de un viejo tono sepia y de un papel cuya textura jamás había tocado. 

Ilustración freepik

Entonces se percató de que en la parte superior del libro, en un pequeño canal de la mesa, había un lápiz sin mina. Buscó algo con lo que poder hacerle punta, pero no halló nada. No supo por qué, pero decidió hacer una raya en aquella página. Misteriosamente, se dibujó una. El lápiz también era mágico. «¿Esto puede ser?», se dijo con asombro. Decidió escribir una historia en la que ella sería la protagonista, aunque al principio dudara un poco.
Escribió sobre aventuras increíbles, paisajes maravillosos en los que su imaginación parecía no tener límite; personajes que cobraban vida en cada trazo. Todo cuanto escribía se hacía realidad en un mundo al que ella llegaba sin saber cómo. 

Su abuela se dio cuenta de que Tesa gustaba cada vez más de ir a la biblioteca y que incluso lo hacía cuando debía estar durmiendo. No tenía dudas. Había descubierto el libro y con él, su poder y su magia. Sin embargo, no le dijo nada, y dejó que siguiera visitando la biblioteca porque, con el tiempo, descubría su verdadero secreto.

Tesa advirtió que cada vez que lo usaba, el libro perdía un poco de esa magia. No sabía por qué, pero comprendió que debía utilizarlo con moderación, aunque la tentación de crear historias era demasiado grande. Poco a poco, el libro fue perdiendo sus poderes y llegó el día en que no fue capaz de conceder deseos. 

«¿Qué debo hacer?», se preguntaba una y otra vez. «Tal vez debiera decírselo a la abuela». Esta solo le dijo que el libro debía descansar. Y fue lo que hizo. Al tiempo comprendió que no se trataba del poder del libro, sino de su imaginación y creatividad porque no necesitaba de él para vivir aventuras increíbles, que cualquier lápiz escribía y que era capaz de escribir páginas y páginas.

El libro mágico quedó en la biblioteca, guardado tras la puerta y acariciado por el sol de la tarde, a la espera de que alguien más lo descubriera y aprendiera la lección que ella había aprendido.
Aquel libro le había cambiado la vida porque había conocido el maravilloso mundo que reinaba en su interior y que le había convertido en una estupenda escritora de fantásticas e increíbles historias.


Para reflexionar sobre el poder que tienen los libros para transformar nuestras vidas. Tesa es cualquiera de nosotros, que hemos descubierto la magia de las letras y cómo estas han podido cambiar nuestro mundo para siempre.


En el Bosque Imaginado también se celebra el Día del Libro.

21 de marzo de 2023

El guardián


Había una vez un hermoso bosque lleno de árboles altos y verdes. Todos los animales del bosque vivían felices y en armonía, pero faltaba algo. 
Un día, un pequeño zorro llamado Max se aventuró a salir solo de su madriguera. Sus hermanos le recordaban que no debía alejarse de casa cuando mamá no estaba, pero él, astuto e inquieto, valiente como pocos, quería explorar un poco más allá, quería descubrir el bosque. Desoyendo a sus hermanos, se fue alejando y sintiéndose pequeño entre aquellos gigantes que mecían suavemente sus enormes brazos de un lado a otro, dejando pasar el sol que le acariciaba los bigotes y hacía resplandecer el rojo de su pelaje. Pero lejos de amedrentarse, Max se sentía orgulloso, caminaba con seguridad y siempre atento a lo que le rodeaba, mas era todo tan nuevo, tan espectacular, tan llamativo que le costaba abarcarlo con sus inexpertos sentidos. Era una experiencia inexplicable.

Imagen pixabay

Llegó hasta el riachuelo donde el agua saltaba alegre por encima de las piedras. Ahí vio por primera vez una rana que, tranquilamente, tomaba el sol. Max miró a su alrededor, experimentó una enorme calma. Se sentía muy feliz. Se acordó de sus hermanos y pensó en cuánto les gustaría aquello. Pensó también en la reprimenda que le daría su madre por desobedecer, pero bien merecía la pena la aventura. Estaba descubriendo el bosque; era algo mágico, como mágico era aquello con lo que, de repente, se topó entre las hojas que cubrían el suelo. Era un pequeño libro de poemas, de versos sueltos, que alguien había olvidado. Nunca había visto algo así antes —en realidad, su mundo se reducía a la madriguera y unos pocos metros alrededor—, así que decidió llevárselo consigo y mostrarlo a sus hermanos que, preocupados, aguardaban su llegada. 

—¿Qué es, hermano?
—No lo sé, pero es muy bonito —respondió Max intentando contener la emoción. 

Apenas sabía leer por lo que desconocía qué significaban todas aquellas palabras juntas. No quedaba otra que esperar a mamá para que les explicara qué era aquello que Max había encontrado. 
Primero vino la reprimenda, luego la alegría de saber que todos estaban bien y, después, el descubrimiento de la magia.

—¿Qué es, mamá?
—Es un libro de poemas. 
—¿Qué es un libro?
—¿Y qué son los poemas?
—La poesía es como un juego con las palabras, donde las palabras se combinan para crear imágenes y sonidos hermosos. Es como una canción, pero en lugar de ser cantada, se lee en voz alta como si fuera música. La poesía puede hacer que sintamos cosas diferentes y nos haga pensar en cosas de manera diferente también. La poesía es poner nombre a los sentimientos y a las emociones —intentó explicar mamá, pero sus hijos la miraban sin entender nada. 

Entonces comprendió que lo mejor sería leerles uno de aquellos poemas y evitarse preguntas que no sabría responder de forma sencilla para que comprendieran—. ¿Os gustaría que os leyera un poema? —preguntó, aun a sabiendas de que eran poemas complicados para ellos.

Imagen de la red

Los tres cachorros, atónitos y curiosos, asintieron. Se sentaron frente a su madre, y mamá sonrió.

El hada más hermosa ha sonreído
al ver la lumbre de una estrella pálida,
que en hilo suave, blanco y silencioso
se enrosca al huso de su rubia hermana.

Y vuelve a sonreír porque en su rueca
el hilo de los campos se enmaraña.
Tras la tenue cortina de la alcoba
está el jardín envuelto en luz dorada.

La cuna, casi en sombra. El niño duerme.
Dos hadas laboriosas lo acompañan,
hilando de los sueños los sutiles
copos en ruecas de marfil y plata.
[Los sueños de Antonio Machado]


—No he entendido nada, mamá —dijo Zio.
—¡Habla de una princesa! —continuó Tom.

Mamá guardó silencio y observó a Max que parecía absorto, paseando por los confines de sus pensamientos.

—¡Max! —musitó mamá. 
—Habla de los sueños, mamá; de esos sueños que nacen aquí adentro —prosiguió, llevándose la patita derecha hacia el corazón—, pero más abajo aún, más adentro... —Y suspiró, tan profundamente que un puñado de hojas cayeron sobre él como lluvia fina de primavera.

El pequeño Max había sentido la poesía, la melancolía y la ilusión que el poeta había plasmado en sus palabras. Aquel momento fue mágico y él quería compartirlo con los demás; así que reunió a todos los animales del bosque en un claro y les mostró el libro. Los más sabios asintieron con orgullo por la emoción que Max transmitía; los más jóvenes, unos no mostraron un especial interés y otros, experimentaron la misma ilusión y curiosidad que Max, quien se convirtió en el guardián de ese libro. 
Se esforzó en aprender a leer y así, cada día, al atardecer, leía un poema para que los animales del bosque pudieran disfrutar de la poesía. Cada vez que leía un poema, el bosque se llenaba de alegría y concordia; de poesía. 

Imagen de la red

¡¡Feliz día de los bosques y la poesía!!

Gracias por compartir este día.


23 de junio de 2022

La danza de la luz


Noche de san Juan / Ivan Solokov

Cuando el sol se para, los ángeles se quitan las alas y se envuelven en velos de fuego, los diablillos cogen su equipaje y se van de excursión a la tierra de nunca volver. La luna se pone tozuda, mueve sus faldas de plata y se vuelve sanjuanera. Los ratones, lagartijas y dragones danzan contentos al calor de la candela mientras ponen a tostar sus nubes rosas y corren tras las palomas de maíz que, como cascabeles, quieren surcar el cielo estrellado. El resto del Bosque Imaginado canta serenatas a la noche que desea ser eviterna como los suspiros de los espíritus celestes.

¡Oh, nochecita de san Juan,
brilla en tu luz
y quema lo que se ha de olvidar!

¡Oh, nochecita de san Juan,
abre tus bracitos
y acoge en tu bondad!

¡Oh, nochecita de san Juan
de fueguitos y agüita,
danos puñaditos de felicidad!

El río zarandea sus aguas endulzando con bendiciones los deseos. Se deja vadear para que los duendes y las hadas, los magos y las magas; las estrellas del norte y las del sur, del este y del oeste, y los últimos rayos del sol crucen alegres y felices porque el otro lado del camino no es piedra ni lodo, ni espinas ni matojos, sino un maravilloso y resplandeciente destino.

Ahí anda la luna, que se ha hecho gitana de flores y risas, de volantes y esperanzas. Atraviesa el fuego y saltan las ramas que sus pies quieren besar jubilosas porque, bajo las velas de un cielo oscuro, nace la lumbre que glorifica el tiempo y es ahora, en ese solsticio de luz y sombras, donde florece el viento que acaricia y abriga al horizonte venidero. 

On fire / Diana Jomutina

¡FELIZ  Y MÁGICA NOCHE DE SAN JUAN!
¡Que el solsticio nos traiga todo lo bueno que merecemos!

30 de agosto de 2020

Los muertos no dan besos

Cuando conocí a Serbal tendría él unos ocho años más o menos. Me llamó la atención su corta estatura, sus piernas tan delgadas, aquellos ojos tan vivos y su pelo tan arremolinado. Pero lo que más captó mi interés fue su silencio. Solo cuando creía que nadie lo veía, canturreaba una canción que apenas podía escucharla el cuello de su camisa. 

Niño campesino sentado en el prado 
 1883 / Georges-Pierre Seurat

Aquella mañana, después de cruzarnos varias veces en la acequia, decidí ofrecerle un trozo de mi merienda. Él dudo un poco pero, al final, decidió sentarse unos metros más allá. Guardamos silencio. Nos mirábamos de vez en cuando y, cuando yo hacía algún movimiento brusco, él se ponía en alerta.

—¿Sabes qué significa tu nombre? ¿Quién te lo puso? —pregunté con voz suave y tono calmado. Tardó en pronunciarse. Terminó de tragar y respondió:
—Mi abuela. —Recuerdo a su abuela, a su familia, aunque no suelo bajar al pueblo demasiado. Siempre he vivido por estos lugares más solitarios, entre los hortelanos y cabreros.
—Ese árbol que ves ahí es un serbal. Tiene tu mismo nombre. Lo llaman de los cazadores porque sus frutos, esos rojos que ves ahí, son muy apetitosos para los pájaros. Así que se usan para cazarlos. Y todas su hojas sirven de ramón para los animales. Yo les doy a mis cabras y les entusiasma.

Pensé que aquello le haría sonreír y provocaría su curiosidad para querer ver a las cabras que andaban sueltas en la parte trasera de la caseta.

Fotografía de Erwlas, Stuart Madden

—¿Sabes, Serbal? Ese árbol es mágico. —Levantó la mirada y me mostró aquellos enormes ojos verdes y su cara llena de pecas que le daban un aspecto dulce y travieso.
—¿Por qué es mágico? —Por primera vez en todos los días desde que le conozco, pude percibir un rasgo de interés real.
—Cuando florece es blanco y cuando tiene frutos es de un rojo intenso, ¿lo ves? Además, representa la vida, tiene toda su esencia, Serbal. Esa bayas, esas bolitas, pueden curar. 
—¿Qué curan? —preguntó, sin darse cuenta, creo, de que se estaba acercando hasta mí.
—Bueno, algunas cosas que tienen que ver con la sangre, los dolores..., la tos y cosas de tripas.
—¿Solo eso?
—Puede que alguna cosa más pero la desconozco. —Intuí que deseaba saber algo en particular, así que me atreví a preguntar—: ¿Qué te gustaría que curasen? Podríamos averiguarlo en algún libro. —Durante unos largos segundos estuvo callado. Bajó la vista y respiró profundamente antes de volver a levantar la cabeza y perder su mirada en el horizonte. Me causo una gran ternura al tiempo que una profunda tristeza.
—Pensé que quizá podría traer a mi madre...
—¿Dónde está?
—Dicen que en el cielo pero sé que no es verdad.
—¿Por qué crees eso, Serbal?
—Porque los muertos no besan.

Se me encogió el alma. Sentí ganas de cobijarlo en un abrazo. Le intuía tan frágil pero sé que era más fuerte que un roble. Sus ojos se tornaron muy brillantes pero no llegaron a lagrimear.
No supe bien qué argumentar en aquellos momentos. ¿Cómo enfrentar a un niño ante la muerte?, me pregunté. ¿Cómo enfrentar a Serbal ante el hecho de que ensoñara a su madre o, efectivamente, se tratara de otra cosa? Respiré tan hondo que me dolió el pecho. Él hizo casi lo mismo. En ese preciso instante, cuando volvimos a mirarnos, percibimos que estábamos uno al lado del otro, rozándonos. Le cogí la mano y se la presioné con suavidad. Ni por un momento dudé de lo que me estaba confesando.

—¿Está aquí ahora, Serbal? —Negó—. ¿Cuándo la ves?
—Casi siempre. Hablamos, reímos, cantamos..., y por las noches, viene a arroparme y a darme un beso.
—¿Se lo has dicho a alguien? —Volvió a negar, guardando la mirada en el suelo—. ¿Te da miedo o te gusta?
—Me gusta —dijo mirándome. Le sonreí.
—A veces, Serbal, aquellos que nos quieren tanto, como los padres, los abuelos, los hermanos..., un amigo de verdad, desaparecen de nuestras vidas y no volvemos a verlos como antes pero no quieren dejarnos solos. Desean seguir cuidando de nosotros, protegernos, hacernos compañía... porque sienten que les echamos de menos o que les necesitamos. Sin embargo, tenemos que ser fuertes y ayudarles a que sigan su camino y nosotros poder seguir el nuestro. Tu mamá jamás se irá de tu lado porque va a vivir siempre en tu corazón. Debes prometerle que estarás bien, que vas a ser fuerte y que nunca la olvidarás, que tienes a tu abuela, a tu familia... Y ahora a mí... Siempre que me necesites, puedes venir a verme.
—No quiero que se marche.
—Lo sé pero debe llegar al cielo que es dónde necesita estar... ¡Necesitamos estrellas en el cielo! Para eso debe saber que tú estás bien aquí y que harás todo lo posible por crecer fuerte, sano, bueno... Por ser una gran persona, un gran hombre. ¿Lo intentarás? —Hice una pequeña pausa—. Cuando venga a darte el beso de buenas noches, se lo dices y ya verás como se pone feliz por escucharte. A lo mejor tarda unos días en irse pero podéis hablar y así estar tranquilos los dos. ¿Qué te parece?, ¿es una buena idea?
—Lo intentaré —afirmó, triste.
—Dile que tienes una nueva amiga con la que puedes hablar siempre que desees. Ella seguro que sabe quién soy. También fue una niña como tú y venía por aquí alguna vez para jugar con las cabritillas y ayudarme a coger verduras que se llevaba luego a casa.
—¿Cómo te llamas? —Le volví a sonreír y le hice una carantoña en la punta de la nariz antes de apartarle un mechón de los ojos.
—Seguro que lo adivinas. —Negó—. Inténtalo. Es una flor y a ti te gusta mucho. Es roja y crece en el campo, en cualquier parte...
—¡¿Amapola?! —Asentí, y ambos sonreímos.
—Hubo hace muchos años, una gran guerra que se extendió por todo el mundo y la tierra, abandonada a su suerte la mayor parte del tiempo, se convertía en tierra de nadie por lo que crecían como setas. ¿Te imaginas el espectáculo, Serbal? Por eso la amapola es conocida como la flor de la paz. —Puso cara de estar imaginando pero dudo que logrará hacerse a la idea—. Pero mi madre me llamó así porque... ¡mira mi pelo!
— ¡Rojo!
— ¿Vamos a ver que hacen mis cabritillas?
—Sí.

Se levantó de un salto. Se arregló la camisa y se pasó el pelo por detrás de las orejas. Sonreía y eso me hizo muy feliz. Estaba segura de que íbamos a vernos durante mucho tiempo y que, en cualquier momento, soltaría todo lo que llevaba guardado dentro. Solo debía ser paciente y saber escucharle.

Obra de Miguel Ángel García López


Esta es mi participación en el reto de escritura creativa de una cazadora de nubes, Rebeca. Lleva por nombre "Fuego en las Palabras" y es mensual, salvo ahora en verano que vale por dos.
Un relato inspirado en el titulo dado "los muertos no dan besos" y cuyas normas esta vez sí cumplo.


20 de junio de 2020

Amor cósmico

El cielo estaba medio nublado. Elio, el sol sin h, andaba algo despistado entre las nubes, jugando a esquivarlas. Pero, en un momento dado, tropezó con aquel sin fin de gotitas de mil colores que formaban las nubes y cayó, sin remedio y de patitas, en la laguna de las Estrellas Perdidas. No podía haber caído en peor lugar. Siempre se mantenía atento y lo evitaba pero su despiste había sido catastrófico.

Aquellas negras aguas estaban casi heladas y sus rayos se quedaron tan quietos que pensó que se convertirían en témpanos de piedra.  Gritó fuerte, tan fuerte como pudo porque sabía que aquella laguna no tenía fondo. Estaba maldita desde que las brujas oscuras y todo su séquito de seres malignos habían realizado aquel fuerte conjuro con el que el Supremo Ser del Submundo de más allá de lo desconocido se había hecho presente. Un intercambio de favores fue el acuerdo. Les había otorgado aquella parte de tierra al otro lado del bosque que, él mismo, había arrebatado a los demás habitantes. Ellas se habían encargado de cazar a todas las estrellas fugaces y de atrapar a todos los seres que lograran engañar.

Los tres espíritus / Dustin Poche

Ahora la laguna no solo estaba llena de estrellas. También de los miles de sueños sin realizar que las acompañaban y de las almas que aquellos incautos seres que habían tenido la loca idea de no atender a los avisos que advertían del peligro de acercarse y de las terribles consecuencias que acarreaba el adentrarse en aquella negritud del bosque.

Qamar y Elio, pese a todos sus esfuerzos, no habían logrado atravesar aquella inmensa oscuridad y seguía siendo, tristemente, un lugar siniestro.

Elio se hundía y se hundía... y él no sabía nadar. Las estrellas de la laguna no eran como las estrellas del cielo. Estas eran brillantes y cantarinas. Aquellas, oscuras y calladas debido a la maldición. Qamar, que estaba al otro lado del universo, escondida en su diurnidad, escuchó el latido de su corazón y supo que Elio estaba en la lobreguez. No dudó en atravesar todo el horizonte y enfrentarse al silencio y a las tinieblas de la laguna, aquella que tantas veces iluminaba pero cuyos rayos de plata no lograban sanar. Las estrellas que se habían apagado atrapaban a Elio con voraz agilidad impidiéndole salir, llenado de sombra su corazón y apagando de luz sus rayos.

Sirio, la estrella más brillante de la constelación Canis por la que Qamar había pasado como una exhalación, fue tras ella movida por la curiosidad y porque había intuido que algo no iba bien.

—¿Qué ocurre, Qamar?
—Elio ha caído en la laguna de las Estrellas Perdidas. He de llegar cuanto antes o se quedará ahí para siempre —respondió muy alarmada y con el viento entrecortado—. Y si eso ocurre, Sirio, sabes que el mundo se quedará ciego.

Ilustración de Meluseena

Al llegar, Elio estaba tan asustado que perdía las fuerzas. Entonces, todas las estrellas que siempre acompañaban a Sirio, se apiadaron de él. No dudaron en lanzarse sobre las aguas y, una a una, caer en sus ojos formando unas especiales lágrimas de estrellas.

—Qamar, debes cogerlas todas y hacer con ellas un mapa que despistará a las brujas y la Señor de la Oscuridad.

No dudó un momento la Luna en abrazar a Elio con algunos de sus rayos de luz de plata. Con las yemas de sus dedos, en forma de caracola de mar, fue recogiendo con cuidado aquellas estelares lágrimas mientras su mirada se clavaba en la del sol.

—Es una locura, Qamar —acertó a decir el sol.
—Cierra los ojos y piensa que todo va a salir bien.

No podía permitir que Qamar cayera también en la laguna. Se estuvo todo lo quieto que pudo. Pero sabía que si ella debía convertirse en oscuridad, lo haría. Tembló de miedo cuando dejó de escuchar su corazón. Todas las estrellas y la luna... se apagaron de pronto y todo se sumió en un profundo y oscuro silencio que le heló toda la savia de sus rayos de fuego.

Aquello no podía estar ocurriendo. Las malvadas brujas —Gorcolia, la más camaleónica, Légubris, Satárica y Maldaquia—, vestidas de negro, con sus dientes horribles y amarillos, con sus largas y asquerosas uñas arqueadas y con aquellas voces tan desagradables que parecían aullidos lastimeros capaces de estremecer a cualquier alma y de rompen cualquier tímpano, aparecieron por la parte más oscura del bosque, alzando sus extrañas dallas y haciendo sonar aquellos cencerros hecho de huesos de alimañas.
No tocaban el suelo pero tampoco podían volar más alto.

Ilustración de Paula Hedberg

El resto de estrellas fueron a por ellas, intentando cortarles el paso, entorpecerles el camino e intentar que no llamaran al Supremo Oscuro... mientras Qamar terminaba de recomponer el mapa. Elio se agarraba a su cuello, tirando de ella hacia el fondo... El mundo quedaba en aquel crepúsculo donde tampoco había luna.
Sirio abrió su manto celestial. Sobre él, las pequeñas estrellitas que Qamar había recogido, se fueron colocando formando un grimorio.

—¡Es el momento, Qamar! ¡Siente la fuerza de su magia! ¡Canta el hechizo, corre! —le gritó Sirio, sabiendo que sus estrellas no aguantarían mucho más, que el sol tenía las fuerzas muy justas y que Qamar debía comprender correctamente los signos para proclamarlos desde el fondo de su argentada alma.

Su blanquecina voz se oyó muy lejos. Se escuchó por todas partes. Las estrellas oscuras se fueron debilitando conforme ella iba pronunciando aquellas enigmáticas palabras. Y en su debilidad, Elio pudo alzarse hasta ocupar su sitio en la más alta atalaya del cielo.

—¡Sigue, Luna, sigue! —le inquirió la brillante estrella. Qamar continuó, sintiéndose más ligera.

Las estrellas apagadas fueron recobrando tímidamente su luz, su luz de plata, arropando a la luna, y con ellas, se fueron elevando todos aquellos sueños que se habían perdido. Volvieron a brillar en el cielo. Volvieron a ser ilusión y esperanza. Elio deseaba abrazar a Qamar. Darle las gracias, reconocerse su esfuerzo, su amistad y fundirse con ella llenos de amor cósmico cuya luz alcanzara los confines del universo. Y es que ya se sabe, el Amor es Luz.

—Cuando llegué no podía creerlo, Elio. Una estrella descendiente cayó de tu corazón y aterrizó en mis ojos... Y todo se apagó. Si no hubiera sido por Sirio y sus amigas las estrellas luminosas no hubiera podido salvarte —le dijo Qamar visiblemente emocionada, hundiéndose en su pecho.

Ilustración digital de Daniel y Vladimir Ovtcharov

Las dos últimas estrellas cayeron de los ojos de Elio. Las tomó en sus manos, convirtiéndolas en unas hermosas y brillantes piedras de color ámbar que coronaron la mirada de Qamar y adornaron su bella melena de plata.
La laguna reflejó el brillo de la luna... Y de las brujas... nunca más se supo.



Con este nocuento inauguro mi participación en el reto de escritura creativa de una cazadora de nubes, que según ella, además está loca: Rebeca. Lleva por nombre "Fuego en las Palabras" y es mensual. Un tema dado para inspirarse y unas normas, que, obviamente, espero cumplir.


En este mes de junio el tema inspirador es la letra de una canción, "Amor Cósmico", de Florence & The Machine, insertando alguna de sus frases y su título. La traducción está aquí. He tomado una idea general para hacer este nocuento.

5 de junio de 2020

Luna de fresa

En este hemisferio norte apenas empiezan a madurar las fresas silvestres y a cantar las chicharras alguna noche. Tal vez por ello, Qamar sabe que algo especial va a suceder. Lo nota en su brillo. Está pletórica con sus halos de plata en la inmensidad de la noche.

—¿Por qué pareces tan contenta, Qamar? —le preguntó Elio, el sol sin h, fingiendo no saber nada. Pero sabía que muy pocas veces su eterna amiga se vestía de rosa fuerte, del color intenso de las fresas y no dejaba atrás, sino que se acentuaba, su dulzura.
—¡Cómo si no lo supieras! ¡Hoy, para los humanos, soy luna de fresa, la luna más dulce! —rio divertida—. Así que no solo lo parezco sino que también lo estoy.

Ilustración de Emelie Leger

Siempre le ha hecho gracia que los humanos, en su infinita imaginación y fantasía, la hayan bautizado con los nombres más increíbles: Sin, Bimbaio, Ixchel, Artemisa, Hécate, Rea..., Selene, Diana, Tecuciztécalt, Thot, Jonsu o Iah. Námi, Tsukuyomi y un largo etcétera de nombres mitológicos, sin olvidar todos aquellos otros que tienen que ver con algún fenómeno curioso como Luna, azul, luna de sangre, luna negra, luna de fresa, de aguamiel... Y, como si de una reminiscencia ancestral se tratara, curiosamente tenían que ver con algo relativo a las cosechas y a las estaciones del año. Y es que el Hombre siempre ha nacido, crecido y muerto pegado a la tierra y sus maravillas. Y si la tierra siente, si los hombres sienten, la luna también. Cierto, porque hubo tiempos de intensa locura que siempre lamentara. Pero hallaba otros ceremoniales y momentos en los que disfrutaba, y sigue sonriendo. Algunos ritos han pasado un poco a la historia pero, otros, siguen muy presentes.

Conejo y luna / 2013 / Gabriel Pacheco

Los nuevos astrólogos y astrónomos la ven de forma diferente. Continua agradeciendo y lo hace del mejor modo que conoce: Cuidando de Oceanal y toda su familia se mantengan controlados, aunque sabe que poco puede hacer cuando Madre Tierra se revoluciona y pone a todos firmes. Entonces, mejor callar y esperar que los acontecimientos pasen pronto.

Si os preguntáis quién es Oceanal, os diré que es el mar y todas las aguas del planeta. Dicho esto, sigamos con la historia. Esta noche de la que hablo es una noche singular y no solo porque Qamar se vista de la última luna llena de primavera. El verano está a las puertas. Las noches son más cálidas y el Universo, en su mágica magnitud, se mueve dejando que los humanos vean parte de esa magia y descubran sus trucos. Esta noche, en el cénit de Qamar, en la explosión de su máximo brillo, como si de un velo misterioso, como la sombra de un fantasma fuera, los humanos podrán ver un ligero oscurecimiento sobre su rostro cuando ella, en su abrazo terrestre, atraviese la zona de penumbra de Madre Tierra.

—¡Un eclipse, Qamar!
—¡Siiii....!
—Claro, eres luna llena esta semana sino, no podría ser. —Un eclipse lunar es un fenómeno que sucede cuando hay luna llena y puede ser total, parcial o penumbral—.  ¿Estás nerviosa?
—No, por supuesto que no. Estoy contenta porque los ojos de medio mundo estarán pendientes de mí, pero no es por vanidad, es porque creo que se interesan por lo que pasa en el Universo. Y ello les anima a seguir conociendo, a explorar y a seguir creciendo...
—Pero también a destruir...
—Bueno, ya sabes que la raza humana no es perfecta —se lamentó en cierto modo—. Hoy estaré poco rato. Les dejaré con la miel en los labios y hasta pleno verano y el otoño no volveré a jugar con las sombras.
—¿Y qué te ha dicho Madre Tierra? —preguntó Elio bastante tranquilo.
—Nada. Ella sigue a su ritmo. La cosa ahí abajo no anda muy bien.
—Sí, eso he oído —respondió un tanto apesadumbrado—. ¡¡Yo también tengo un eclipse después de ti!! —exclamó para cambiar de tema y poner un poco de alegría al momento.
—¡Es verdad!, ¡un anillo de fuego! —Se sonrojó porque sabía que en esa cita ella tiene mucho que ver. Es de las pocas veces que pueden estar a solas y juntos. Un eclipse solar anular es algo maravilloso. Es estar uno frente al otro, mirarse, sonreírse, y en ese acercamiento, en ese mágico abrazo, Elio, con su inmenso calor, con su espectacular brillo, corona toda la belleza de Qamar y, como si evocara un conjuro o fuera una hechicería, ella desparece del cielo para refugiarse en ese lugar secreto vestida de luna nueva. Pero, para eso, todavía quedaban unas cuantas noches de luna y unos cuantos días de sol.
—Tendrás que avisar a Ratón. Ya sabes que se preocupa de todo y por todo.
—Le hablaré está noche y le dejaré un croquis —rio— porque con todas las faenas en las que anda inmenso ya tiene bastante con saber dónde tiene la cabeza. —Elio esbozó otra carcajada.
—Te dejo ahora porque sé que tienes que prepararte para esta noche. Por cierto, te he traído un regalo.
—¿En serio?, ¿por qué?
—Porque me apetece —le dijo, mostrándole un estupendo cuenco lleno de fresquísimas fresas silvestres. Sus favoritas.

Obra de james Aponovich

Hoy, 5 de junio, eclipse de luna prenumbral.
21 de junio de 2020:
Eclipse solar anular o llamado también "anillo de fuego"
y luna nueva. 
5 de julio "luna del trueno" y 30 de noviembre de 2020 "luna helada":
Eclipses lunares penumbrales.

Luna de Fresa es el nombre que los indios nativos americanos daban a la última luna llena de primavera ya que coincidía con la incipiente cosecha de fresas. En Europa, con una antigüedad de más de un milenio para esta expresión, se la denomina Luna de Miel porque dicen que a finales de junio es cuando la miel suele estar lista para ser recogida de las colmenas.

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